Los colores del amanecer

Soy una persona nocturna. Me gusta su oscuridad, su silencio, su intimidad, su tranquilidad y sus colores, sí, sus colores. Debe ser porque los colores del día me turban excesivamente, muchas veces intentando saber cuál es uno u otro para tomar según qué decisiones, o porque, como dicen, por la noche todos los gatos son pardos, aunque no tenga ni puta idea de qué color es el pardo, o no, a lo mejor simplemente es que me gusta la noche.

En mi época de estudiante ya era un gran amigo de ella. Sólo podía estudiar cuando mi casa, mi bloque, mi calle, estaban en un momentáneo silencio que permitía concentrarme en las “amenas” leyes orgánicas, reales decretos, derechos consuetudinarios, etc. Pero esas no eran noches de disfrute.

Las noches en las que no me apetecía estudiar, me las pasaba escuchando la radio, recuperando la maravillosa costumbre que tenía mi hermano de encender su radio internacional cuando se metía en la cama en la que viajábamos imaginariamente a través de las noticias de todos los países del mundo. Conocíamos casi mejor lo que pasaba en la URSS, en Argelia o en Rumanía, de lo que pasaba en nuestra ciudad.

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Esas noches de radio junto a mi hermano también despertaron mi interés por el cine. Todo gracias a Pomares (como se le va la olla a la gente), pero en su momento era un gustazo escucharlo hablar de películas de las que no tenía ni idea de que existieran y que luego fueron marcando mi gusto cinematográfico actual, como no, oscuro, carente de color.

Luego ya en la soledad de mi estudio vinieron a mi vida personajes como Ramón Trecet con su New Age y sus músicas del mundo en Radio3, cuánto le debo a este hombre, o Roberto Sánchez con el Si amanece nos vamos y sus encrucijadas basadas en descubrir la historia que había detrás de un final conocido. Eso sí, después de escuchar a Iñaki Gabilondo su primera reflexión del día, a la cama.

Pero fue en la adolescencia donde creo yo que más me marcó la noche. De la mano de mi Alma Mater descubrí mi música, bueno y la vida en general, igualmente oscura, muchas veces triste y deprimente, pero reconfortante. Nada de bailes exagerados, nada de saltos y golpes con los colegas, que va, un simple movimiento de cabeza, como asintiendo que aquello sí nos gustaba, un leve contoneo de la cadera y un inapreciable movimiento de brazo. Todo aprendido de aquella diosa rubia vestida, como no, de negro, en la discoteca Yo.

Ahí llegaron los primeros amaneceres, unas veces encima de una Vespa blanca, otras en la parte de atrás de un Ford Fiesta rojo y las más, cruzando el centro de mi ciudad camino a casa.

Con la edad he seguido participando de la noche y de todo lo que ella ofrecía, lo bueno y lo malo, lo buscado y lo encontrado. Y por supuesto de sus amaneceres como aquellos cuando dejabas atrás el ruido y el jolgorio de La Latina y enfilabas la calle Segovia buscando ese amanecer en Las Vistillas con Paradinas al fondo y detrás, la lumbre que empieza a dar color a la ciudad. En ese momento, sabías que era hora de irse a dormir.

Pero ese era y creo que es el momento del día perfecto para mí, el amanecer y más cromáticamente hablando.

Es un momento de incertidumbre, de confusión, de intentar adivinar con qué colores nos va a sorprender el nuevo día y no saber cuáles son, es más, no saber sin son iguales que los del día anterior o los del atardecer. Pero he de reconocer que son los colores que más tengo grabados en mi memoria daltónica, los haya visto sobre el lago Tiberiades, entre los rascacielos de Manhattan, en la profundidad del valle del Omaña, u observando la quietud de los icebergs de Jökulsárlón.

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Hoy, montado en un avión huyendo de la rutina y de los agobios del día a día, me he vuelto a encontrar con el amanecer, como durante tantas y tantas noches. He vuelto a ver la oscuridad en el horizonte, cómo poco a poco se ha ido iluminando el cielo desde lo más tenue hasta lo más nítido, como si esa lumbre de color amarillo perfectamente recta comenzara poco a poco a arder para dar vida al día, vestido de azul, al menos así lo veo yo, otros dirán naranja, turquesa, en fin. Hay muchos colores intermedios que no acierto a identificar, pero que son igualmente bellos.

Ahora la noche es distinta, como es obvio, es la hora del descanso, del reseteo, de poner los colores en 0,0,0 y de tratar de dormir, mal que bien, pero dormir, bueno siempre y cuando Paul no tenga algo que decir, o mejor dicho, que ladrar. Y qué decir del amanecer, ese del que hoy ya no eres consciente en muchas ocasiones porque cuando ocurre, estás encerrado entre cuatro paredes y a poco que levantes la vista del ordenador es mediodía.

Seguiré por tanto apelando a mi memoria daltónica y a recordar esos colores tan fascinantes y que algún día, cuando venza a la pereza te iré contando para que te vuelvas a reír de mi.

El color de la pérdida

Muchas circunstancias, muchos cambios, muchos sinsabores, y poco color ha habido durante este largo periodo que he estado sin sentarme a escribir, precisamente por todo lo anterior.

Y entre todas esas circunstancias, cambios y sinsabores ha habido también algunas pérdidas.

La pérdida es algo que me ha acompañado desde el inicio de mi vida, pérdidas inconscientes, en todo caso, pero que han ido sembrando el camino de lo que uno llega a convertirse cuando la razón le sobreviene y ahí las pérdidas empiezan a tener otro cariz y a ser sentidas y a producir emociones y reacciones, en mi caso, he de decir, siempre racionales, o eso creo, pero no exentas de consecuencias.

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Bien es sabido que la pérdida en nuestra cultura, al menos en la mía, está manifestada por un color, el negro, ese que me identifica y al que recurro, bien sea porque no distingo la mayoría de los demás colores, bien sea porque es el color que he visto en mi casa desde pequeño y que me ha acompañado en cualquiera de las situaciones más o menos relevantes de mi devenir. No mentiré, ahora lo disfruto, lo busco y todo lo que no sea negro me produce cierto reparo.

Como ya he dicho y tras un camino lleno de pérdidas, hayan sido en la cuna, en la infancia, en la adolescencia, en la juventud o en la madurez, hayan sido de carácter personal, material, de confianza, de oportunidades, de seguridad, de respeto, o de cualquier circunstancia relacionada con el más puro egoísmo o egocentrismo, para qué ser hipócrita, este último periodo ha estado marcado por la pérdida y como no por el refugio en su color, el negro.

En este camino se han quedado familia, amistades, salud, inversiones, ilusiones, apuestas, compañías y estoy harto de no poder quejarme porque haya muchos, muchísimos, innumerables que estén en circunstancias peores, pero hoy voy a ser egoísta y voy a aprovechar que me construí este altavoz para gritarlo.

Los optimistas dirán que para que haya una pérdida, antes debe haber un encuentro, cierto es, les doy la razón y afortunadamente tantos los encuentros que he ido teniendo a lo largo de mi trayectoria, como aquellos que recientemente me ha venido y que hoy día aún permanecen conmigo, mitigan en gran medida las sensaciones de pérdida.

Eso sí, apelando una vez más a mi racionalidad, a pesar de mi refugio oscuro y dado que mi vida, por desgracia, ya no va a paso de tortuga, tengo como poco cinco razones que hacen que las pérdidas cambien de color, ahora me tocará adivinar cuál es o mejor, ya que por suerte siempre estás ahí, te lo preguntaré y así no me equivoco.

La playa: ¿bandera verde?

Mucho ha llovido desde la última vez que me pasé por aquí para escribir alguna de mis particulares reflexiones, bueno miento, es una frase hecha, al menos aquí en el sur llover lo que es llover, nada de nada, pero bueno, que hace mucho que no escribo, mea culpa, uno se va liando y al final…

Hoy quiero hablar de la playa y de la curiosidad que se da, una vez más, al utilizar colores para definir en qué condiciones se encuentra el mar y los peligros que conlleva.

La primera reflexión es obvia, si hay muchas olas la cosa está chunga, si el mar está calmado, adelante. Ahora bien, cuando hablamos de la resaca y de cómo califican esto con banderas la cosa ya cambia. Para un daltónico como yo, el hecho de que haya bandera verde, amarilla o roja no supone nada, más que nada porque no distingo el color de las banderas. Para muestra esta imagen. La bandera y la camiseta del socorrista son diferentes ¿no? Pues no, para mí idénticas, así que si los socorristas van de amarillo, habrá que tener precaución en el agua.

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En fin, no es más que otra de las situaciones que pueden parecer irrelevantes, y que en la gran mayoría de los casos lo son, ya digo, las olas indican más que las banderas, pero que suman al resto de señalizaciones que siguen indicándose con luces rojas, verdes o amarillas y que suponen, con perdón, un coñazo tener que estar preguntando, si, por ejemplo, el baño está libre o no, a lo que te miran con cara de, “imbécil, ¿es que no ves la lucecita?”.

Un motivo más para que no me guste la playa, no el más importante, lo reconozco, pero otro más. Soy de montaña, de sendero, de río,  de valle, de bosque, de frío. Y eso que el mar no me desagrada, depende cual, claro, el que está lleno de basura, compresas, condones, nata, etc, no, y por desgracia es el más habitual por mi zona. El limpio, el transparente, el fresco, es obvio que sí, y este año he ido a buscar una de esas playas.

Durante esta época no hay facebook, twitter o instagram que se precie en el que no aparezca la típica foto de los pies en la arena con el mar de fondo, o los comentarios sobre la paz, la libertad, la tranquilidad, el relax que supone una buena playa o el concepto del mar en sí. De lo increíble que son las playas de Cádiz, la arena que tiene, la calidad de sus aguas, etc, etc.

En cuanto a la arena y al agua totalmente cierto, nunca he estado más cómodo, ahora bien, en cuanto a tranquilidad, ya me cuesta más trabajo. Y mira que iba con buenas intenciones, pero el concepto de playa Ryanair no me moló demasiado, y no porque fuera low cost, no, sino porque cada dos minutos alguien que legítimamente se está ganando la vida, y con un mérito que te pasas, te intentaba vender algo. La diferencia con Ryanair es que nadie sorteaba nada eso hay que reconocerlo.

Por otro lado, la amplitud y calidad de la playa incita a practicar multitud de deportes. Creo que 90% de las modalidades olímpicas concretamente, tanto de verano como de invierno, y el 10% que no se practica se lo dejo a las disciplinas que implican el uso de armas. Fútbol, tenis, snowboard, volley, balonmano, lucha grecorromana, taekwondo, atletismo, natación sincronizada, la lista es interminable.

Total que al final vas a un sitio en el que hace calor, viento, te sientas, en mi caso en una silla, lo de tumbarse en el suelo ya lo hice en demasía de niño, para ponerte los cascos escuchar tu música de siempre y aislarte de vendedores y atletas.

De acuerdo, es una visión muy negativa, lo reconozco, pero qué le vamos a hacer. Imagino que un martes de julio en Bolonia la cosa será distinta, o no.

Ahora sí, a las 7.30-8 de la tarde, con el mar calmado, los atletas exhaustos, los vendedores recogiendo sus bártulos para preparar la dura jornada del día siguiente, el calor remitiendo, una botellita de vino fresquito y una buena compañía, la playa sí mola, a ésta me apunto.

El color de la nieve

¿Qué color tiene la nieve? Es obvio, ¿no? Blanca. Bueno, digamos que en origen sí, lo es y que hasta puedo estar de acuerdo, pero una vez cae, una vez se posa en cualquiera de los sitios en los que tienen la buena o mala suerte de disfrutarla o padecerla la cosa cambia, y ahí me entran las dudas.

La nieve siempre ha tenido una fascinación especial para mí, tampoco soy muy original, quizás por ser de un sitio donde nunca había visto nevar, aunque a poco más de una hora tengamos nieve en abundancia, pero es cierto que ansiaba ver nevar y tener contacto con la nieve.

Un par de incursiones a Sierra Nevada, y algún intento frustrado de esquiar me hicieron comprobar que la nieve era lo que es, blanca y fría. Hasta aquí solo obviedades.

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Pero mi visión cambió cuando realmente tuve contacto con la nieve, y eso fue en Madrid. Mi aventura madrileña comenzó un mes de diciembre por lo que no tardé mucho en encontrarme con un fenómeno para mi completamente desconocido hasta el momento, ver nevar. La nieve de pronto dejó de ser blanca cuando se mezclaba con el asfalto, con las aceras, con los árboles, o con el quicio de la ventana de mi trabajo. Tal era mi fascinación que uno de los escasísimos días en los que no fui en moto al trabajo, por culpa de la nieve, volví andando hacia mi casa y al atravesar la Plaza de Oriente comenzó a caer una fina nevada y me quedé completamente quieto observando aquella estampa en la que todo se cubría poco a poco de un blanco grisáceo y en la que se podían oír los copos caer en medio de un silencio que por unos segundos se hizo en esta inmensa ciudad.

Poco a poco me fui acostumbrando a ella y a empezar a sacarle matices pues como he dicho, para mi ya no era blanca. No era blanca cuando el sol se reflejaba en los grandes prados de Collado Mediano a los que subía los fines de semana que había nieve. No era blanca cuando iba detrás de la máquina quitanieves que esparcía la sal y la despedía a una gran velocidad subiendo el puerto de Somosierra camino de San Sebastián. No era blanca cuando a las tantas de la madrugada se mezclaba con ciertos líquidos en alguna noche de fiesta en Logroño. Ni tampoco era blanca cuando caía sobre el capó del coche en la cola de entrada al Ikea de Pozuelo, ahí era más bien negra.

Entretanto llegó León, y un pueblecito en mitad del valle del Omaña, ahí sí que había nieve y mis primeras experiencias de conducción sobre asfalto helado. Allí la nieve cobraba vida. Si aquel día en Madrid escuchaba la nieve caer, en La Utrera siempre escuchabas la nieve caer, porque el silencio era precisamente el protagonista y la caída de la nieve venía a quebrantarlo, pero de forma hermosa. Las mezclas de colores eran infinitas, bien por el sol que a esa altura parece que refleja más, bien por el contraste con las montañas, bien por fundirse con las piedras de la Peñona, o por otros motivos más humanos como el tener que “construir” un camino para poder ir de un sito a otro y formar un barrizal descomunal, por las cenizas del chubesqui para conseguir paliar los -12º, por el efecto del soplete o en su caso del secador para tratar de descongelar las tuberías, por hacer senderismo en el margen del río Omaña en mitad de una ventisca volviendo de Paladín, o por las huellas de León, un pastor de Brie que sin haber pisado nunca la nieve se sentía como en su propia casa.

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El devenir de la vida me ha llevado a encontrarme con la nieve en distintos lugares, en algunos pasando realmente malos momentos. Como aquel viaje de trabajo desde Pamplona hasta A Coruña en el que al atravesar Burgos no se veía la carretera, o alguna que otra subida al puerto de Piedrafita camino de Pontevedra.

Pero los buenos siempre han ganado. Finlandia, donde la nieve era realmente blanca, a pesar de que anocheciera a las 2 de la tarde. O el último contacto con la nieve que he tenido, Capileira, en la axarquía granadina, donde los intrépidos desafiaron al frío, la nieve y lo desconocido para adentrarse en pueblos fantasmas y en paisajes espectaculares.

Este año aun no la he visto y creo que me voy a quedar con las ganas. Por falta de oportunidades no será, así que habrá que organizarse, que los intrépidos están demandándolo, y descubrir qué nuevos colores nos trae esta nieve tan reciente, porque, sí soy un pesado, pero me niego a pensar que sólo es blanca.