Un grito de color

Aquí estoy de vuelta, el verano y las obligaciones laborales han retrasado mis publicaciones, pero no mis ideas y las cosas que quiero contar.

Y la primera que cuento trata sobre la búsqueda y el encuentro que he tenido con uno de los daltónicos más sorprendentes, Eduard Munch.

Hace poco más de un mes, aprovechando unos días de fiesta en mi ciudad, realice un viaje a Oslo, siendo uno de los motivos que más me atraían para hacer este viaje ver en directo El Grito de Munch.

Eduard Munch es un pintor noruego, precursor del expresionismo y gran transmisor de sentimientos agónicos, dolorosos y pasionales, basados en su experiencia personal y en la tragedia en la que se convirtió su vida y que tanto le afectaron a nivel emocional y personal.

Además de todo esto Munch era daltónico, y una vez entras en la sala destinada a él en la National Gallery de Oslo te quedas sorprendido de ese dato. La riqueza cromática que usa en sus obras, todas enmarcadas en trazos hechos de una sola pincelada es realmente interesante. Sobre todo para un daltónico como yo, que no sabe los colores que utiliza, pero que sí se queda ensimismado con esa obra que realmente sobrecoge. Eso sí, una vez los cientos de japoneses se marchan a otro sitio y te dejan estar a solas con el cuadro, afortunadamente este museo lo permite, y merece la pena esperar un rato.

grito_munch_oslo_2014
Y mucho más sorprendido te quedas cuando lees lo que Munch escribió sobre El Grito.

«Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza».

Yo me pregunto, si un daltónico puede describir los colores así, por qué no voy a poder disfrutarlo yo.

No son pocos los que me preguntan de qué forma disfruto el arte, que cómo lo veo, y los colores cómo los veo y tal. Es lo de siempre, no se decir qué colores veo pero sí que los veo, y sí que puedo disfrutar de estas obras, no sé si de la forma que debiera, pero sí de la forma que me llenan.

Me ha ocurrido con este cuadro, y me ocurrió lo mismo con todos los que he perseguido por tratarse de mis obras favoritas como los Fusilamientos del tres de mayo de Goya, y sobre todo el Matrimonio Arnolfini de Van Eyck.

La primera fue fácil, vivir en Madrid es lo que tenía, que tenias a tu alcance estas maravillas.

La segunda fue una obsesión desde mis tiempos de estudiante de historia del arte en COU. Me fascinó, me quedé completamente atrapado por esta pintura, y lo primero que hice nada más dejar las maletas en el hotel de cuando fui a Londres, fue plantarme en la National Gallery y pasarme media mañana delante de este cuadro hasta retener todos sus matices.

Ya estoy pensando en mi próximo reto, ir a Chicago no va a ser fácil, aunque acepto sugerencias. Los colores no los veré, pero la belleza siempre le toca a uno y para eso da igual ser daltónico o no.

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