El color de la nieve

¿Qué color tiene la nieve? Es obvio, ¿no? Blanca. Bueno, digamos que en origen sí, lo es y que hasta puedo estar de acuerdo, pero una vez cae, una vez se posa en cualquiera de los sitios en los que tienen la buena o mala suerte de disfrutarla o padecerla la cosa cambia, y ahí me entran las dudas.

La nieve siempre ha tenido una fascinación especial para mí, tampoco soy muy original, quizás por ser de un sitio donde nunca había visto nevar, aunque a poco más de una hora tengamos nieve en abundancia, pero es cierto que ansiaba ver nevar y tener contacto con la nieve.

Un par de incursiones a Sierra Nevada, y algún intento frustrado de esquiar me hicieron comprobar que la nieve era lo que es, blanca y fría. Hasta aquí solo obviedades.

capileira

Pero mi visión cambió cuando realmente tuve contacto con la nieve, y eso fue en Madrid. Mi aventura madrileña comenzó un mes de diciembre por lo que no tardé mucho en encontrarme con un fenómeno para mi completamente desconocido hasta el momento, ver nevar. La nieve de pronto dejó de ser blanca cuando se mezclaba con el asfalto, con las aceras, con los árboles, o con el quicio de la ventana de mi trabajo. Tal era mi fascinación que uno de los escasísimos días en los que no fui en moto al trabajo, por culpa de la nieve, volví andando hacia mi casa y al atravesar la Plaza de Oriente comenzó a caer una fina nevada y me quedé completamente quieto observando aquella estampa en la que todo se cubría poco a poco de un blanco grisáceo y en la que se podían oír los copos caer en medio de un silencio que por unos segundos se hizo en esta inmensa ciudad.

Poco a poco me fui acostumbrando a ella y a empezar a sacarle matices pues como he dicho, para mi ya no era blanca. No era blanca cuando el sol se reflejaba en los grandes prados de Collado Mediano a los que subía los fines de semana que había nieve. No era blanca cuando iba detrás de la máquina quitanieves que esparcía la sal y la despedía a una gran velocidad subiendo el puerto de Somosierra camino de San Sebastián. No era blanca cuando a las tantas de la madrugada se mezclaba con ciertos líquidos en alguna noche de fiesta en Logroño. Ni tampoco era blanca cuando caía sobre el capó del coche en la cola de entrada al Ikea de Pozuelo, ahí era más bien negra.

Entretanto llegó León, y un pueblecito en mitad del valle del Omaña, ahí sí que había nieve y mis primeras experiencias de conducción sobre asfalto helado. Allí la nieve cobraba vida. Si aquel día en Madrid escuchaba la nieve caer, en La Utrera siempre escuchabas la nieve caer, porque el silencio era precisamente el protagonista y la caída de la nieve venía a quebrantarlo, pero de forma hermosa. Las mezclas de colores eran infinitas, bien por el sol que a esa altura parece que refleja más, bien por el contraste con las montañas, bien por fundirse con las piedras de la Peñona, o por otros motivos más humanos como el tener que «construir» un camino para poder ir de un sito a otro y formar un barrizal descomunal, por las cenizas del chubesqui para conseguir paliar los -12º, por el efecto del soplete o en su caso del secador para tratar de descongelar las tuberías, por hacer senderismo en el margen del río Omaña en mitad de una ventisca volviendo de Paladín, o por las huellas de León, un pastor de Brie que sin haber pisado nunca la nieve se sentía como en su propia casa.

León

El devenir de la vida me ha llevado a encontrarme con la nieve en distintos lugares, en algunos pasando realmente malos momentos. Como aquel viaje de trabajo desde Pamplona hasta A Coruña en el que al atravesar Burgos no se veía la carretera, o alguna que otra subida al puerto de Piedrafita camino de Pontevedra.

Pero los buenos siempre han ganado. Finlandia, donde la nieve era realmente blanca, a pesar de que anocheciera a las 2 de la tarde. O el último contacto con la nieve que he tenido, Capileira, en la axarquía granadina, donde los intrépidos desafiaron al frío, la nieve y lo desconocido para adentrarse en pueblos fantasmas y en paisajes espectaculares.

Este año aun no la he visto y creo que me voy a quedar con las ganas. Por falta de oportunidades no será, así que habrá que organizarse, que los intrépidos están demandándolo, y descubrir qué nuevos colores nos trae esta nieve tan reciente, porque, sí soy un pesado, pero me niego a pensar que sólo es blanca.

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