Mi historia

Todo empezó cuando tenía 11 años o, al menos, ese fue el momento en el que fui consciente por primera vez de que mi vista no era normal. En una revisión médica que nos hicieron en el colegio, nos hicieron mirar a través de una máquina para una revisión ocular y allí me mostraron por primera vez los circulitos de colores con los que luego me he familiarizado. La persona que estaba a cargo de dicha revisión me hizo varias veces el test; yo era un niño y no sabía que es lo que pasaba, pero al final de la prueba me dijo que era daltónico y que informarían a mis padres.

Valga decir que esto no me cambió la vida, ni mucho menos. ¿O sí?… Cualquiera sabe. Lo cierto es que con el tiempo he ido descubriendo la gran variedad de colores que no puedo distinguir y que, hoy día, me afectan en el trabajo que desarrollo.

A lo largo de todos estos años la pregunta más repetida por todo aquel al que le he dicho que soy daltónico (y que seguro ya te has imaginado) ha sido: ¿y de qué color ves los semáforos? Tanto repetirlo ya cansa, la verdad, pero bueno, como todo en la vida, dependiendo de quién te la haga,  del momento y del tono respondes más o menos diplomáticamente: «pues no distingo los colores, pero veo las posiciones» o con un «soy daltónico, pero no gilipollas».

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Lo cierto es que mi daltonismo me ha hecho, y todavía lo hace, depender de otra persona para algo muy sencillo: vestirme. En plena adolescencia no fueron ni una ni dos veces las ocasiones en las que mi madre me echó para atrás una vestimenta porque la combinación no era «la más adecuada». Así que opté por pasar revista cada vez que iba a salir; había mucho en juego (15-16 años, ya me entendéis). Pero aún así no seguía siendo consciente ni le daba la importancia que tenía el daltonismo.

Luego vino la mili y, como buen español, intenté encontrar alguna forma de librarme de ella. Y ahí fue cuando empecé a investigar un poco sobre el daltonismo. Comprobé que si hubiese querido entrar en la Policía Nacional, por ejemplo, no hubiese podido hacerlo puesto que era un requisito imprescindible. Sin embargo, no era causa para librarse de la mili, lo cual me llevaba a pensar: «si luchamos rojos contra verdes espero que los míos se pongan un lazo porque si no, yo disparo a quién sea». Pero bueno, como estaba en la Universidad y en los libros de Derecho no hay muchos colores, yo seguía en mi mundo, aguantando las bromas de rigor pero sin más.

Y llegó el día. Juego al balonmano desde pequeño y mi equipo, gracias a la sabiduría de mi entrenador, siempre ha vestido de rayas negras y blancas para nunca tener que coincidir con los colores de otro equipo. En fin, que a rayas toda la vida hasta que un año nos fusionamos con otro club y adoptamos sus colores. Pues bien, en una Copa de Andalucía y como primer partido con el nuevo club, yo siendo el capitán acudo al sorteo de campo. Saludo a los árbitros, saludo al capitán del equipo de Almería y comienza el sorteo. Los árbitros siempre preguntaban de qué color vestía cada equipo para así ponerlo en sus hojas de anotación. Y esta vez no iba a ser menos. Me preguntaron y yo acostumbrado a las rayas me miro debajo del chándal y respondo con total seguridad y firmeza: «GRIS». A pesar de mi rotundidad, ambos árbitros y el capitán del equipo contrario me miraron con cara de «¿nos estás vacilando?».

Cuando volví con mis compañeros para iniciar el partido conté lo sucedido y todos al unísono se descojonaron de mí. Claro, que no me dio por pensar que, patrocinándonos Hojiblanca, una marca de aceite, y siendo las aceitunas de color verde (según dicen), nosotros íbamos vestidos de color VERDE.

Esto me hizo seriamente reflexionar sobre la cantidad de situaciones, estúpidas o no, en las que incurría a causa de mi daltonismo, a la vez que otras en las que, por el hecho de que los colores sean los protagonistas, yo me sentía, en cierto modo, desplazado.

Otro ejemplo. Cuando se implantaron las luces en los aparcamientos municipales para determinar si están libres o no, estando en un parking de Murcia un antiguo amigo me dijo: «aparca allí que está libre». Yo pregunté «¿dónde?» y el me dijo «donde la luz verde». Después de mi explicación estuvo más de media hora riéndose.

interior parking

A lo de la ropa le puse una solución drástica pero eficaz y que hoy día llevo a rajatabla. Sólo visto de negro. Mis zapatos son negros, mis camisetas son negras, mis camisas, mis jerséis, mis abrigos, mi ropa interior… Así que si quieres regalarme ropa lo tienes fácil. Eso sí, voy en vaqueros para darle un toque de color a la vida.

En cuanto a lo demás, he decidido, después de mucho tiempo pensándolo, crear este blog. Para nada en particular, no quiero ser referente de nada, no pretendo ir más allá que expresar mi opinión ante situaciones que me ocurren a diario y que me afectan o que, en alguna ocasión, me irritan, y me gustarían que fuesen de otra forma, entre otras cosas porque me crean dependencia.

Y eso haré. Puedes reirte conmigo porque de eso se trata, o puedes mostrarme como te afecta el daltonismo, si es que también lo padeces.

Bienvenidos y bienvenidas, aunque vosotras no lo podáis ser.

2 comentarios en “Mi historia

  1. Vaya que si influye en mi vida. Soy electricista. No digo más. Muchas veces me siento perdido. Siempre buscando salidas para minimizar las consecuencias. Uno no se muere de esto. Pero si se muere con esto.

  2. Pues claro que afecta. Estudie electrónica. Así que el código de colores de las resistencias se me atragantó siempre, luego quise hacerme una oposición a fuerzas de seguridad y un conocido médico y policía me aconsejó que si no tenía enchufe en el ayuntamiento (guardia civil o policía nacional que ni me lo planteara) me buscase otra vocación, como en mi familia nunca tuvimos posibilidad de traficar con influencias le hice caso. como debido a mi incapacidad a veces me cuesta distinguir las señales opté por pintor de brocha gorda, hasta que, tenía que pasar tarde o temprano sobre todo con la moda de los colores salmones, pinté una pared de exterior con la pintura de la habitación, entonces frené un poco y prové con algo fácil, mozo de almacén, todo con referencias numéricas, pues no, todo no. Algún vago pensó que incluir mostaza y weis era suficiente. Llegado hasta aquí cedicí que no buscaría mi vocación, escucharía mi interior. Me hice fotógrafo, esperar tiene explicación, por aquella se usaba negativo, no hacían falta ordenadores, encuadrabas , seleccionabas el negativo y un buen profesional de laboratorio en el que confiar ciegamente (nunca mejor dicho) y ya estaba, es verdad que cuando hacia blanco y negro en el cuarto rojo tenía alguna dificultad pero, nada que no se solucionara palpando. Si, habéis acertado luego llegó el famoso digital, pero ya me había cansado de escapar de mi mismo y esperar que el mundo se diera cuenta de que hay otras maneras de marcar cosas y caminos y, por entoces la tecnología ya estaba en condiciones de ser mi aliada, así que, ahí sigo. Fotógrafo daltónico. Y conozco más de uno. Mi web no os la doy por motivos obvios. A la gente le encantan mis colores hasta que se enteran, entonces se quejan. Aunque como bien dices siempre me queda el «soy daltónico no gilipollas».

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